23 octubre 2009

No se corte

Recuerde:

Existe
el erotismo.

Dios
no existe.

Usted
existe.

Practique
el erotismo.
.

22 octubre 2009

¡Pero aún puede desfibrilar!

Recuerde:

U s t e d
e s t á
C I E G O.


Por tanto,

usted no puede
bajo ningún concepto
comprender estas palabras.
.

Consúltelo

Recuerde:

La luz
no está
al final del túnel.

La luz
está

aquí mismo.

Si usted no la ve,
consúltelo
con otro oculista.
.

21 octubre 2009

Reivindíquese

Recuerde:


Usted no es nadie
para no ser alguien.


Reclame, exija
su personalidad.
.

Las distopías no son novelas, son metáforas de la realidad

La ignorancia da la felicidad. Y usted tiene derecho a ser feliz: tiene todo el derecho del mundo a ser feliz. En consecuencia, usted no sólo tiene el derecho, sino también la obligación de ser ignorante. Por tanto, el gobierno de su país se encarga de proporcionarle a usted la felicidad, toda la felicidad del mundo.

Distopías como 1984, Un mundo feliz, Fahrenheit 451 o Rebelión en la granja, no son novelas. Repetimos: no son novelas. Precisamos: no son ficción.

Son, sencillamente, metáforas de la realidad. Puesto que hacer una descripción de la realidad tal y como es no sirve para nada, los autores de estos textos optaron por elaborar metáforas de la realidad.

Como se sabe, toda metáfora tiene dos planos: el plano real (R) y el plano evocado (M). El libro sólo presenta el plano evocado (M). El lector debería advertir que el plano real (R) se sitúa, ni más ni menos, donde mueve su culo, es decir, en la mismísima realidad. Y al advertirlo se dará cuenta de que él forma, como le ocurre a los personajes de la metáfora que lee, parte de un sistema que aniquila la personalidad, la identidad, la individualidad.

La literatura arroja luz sobre los ojos, pero los ojos, que están hechos para recibirla, están acostumbrados a la penumbra en la que viven durante tantos años. Primero: el Ratoncito Pérez, el Hombre del Saco, el Coco, el Niño Jesús, los fantasmas, los Reyes Magos, los espíritus. Después: Cupido, la media naranja, el alma y el espíritu, el Cielo y el Infierno, Dios y Satanás.

Tantas mentiras inculcadas –consciente e inconscientemente– desde la más tierna infancia tejen al hombre una telaraña en las pupilas y lo convierten en un ser incapaz de ver. La literatura va rasgando las telarañas y permite que se adentren en tus ojos rayitos de luz, hasta que un día no es un rayito, sino el sol mismo el que se adentra en tus ojos y entonces ya tú eres todo visión.

Al calificar estas obras como “novelas” el lector se despista. Cree que lee ficción, que lee cuentos, que lee mentiras. (Marcel Bataillon no quería que lo llamasen filósofo, porque la filosofía es más ficción: reivindicaba que lo que él hacía era describir la realidad, pero se le sigue encorsetando bajo la etiqueta de filósofo y, por tanto, de constructor de sistemas racionales de pensamiento.)

Así que, repetimos: no son novelas, no son ficciones. Son metáforas de la realidad. El lector que piense que lo que lee es pura ficción y que no tiene mucho que ver con la realidad en la que vive será, sin duda, el hombre más feliz sobre la faz de la tierra: el hombre más ignorante, porque ya se sabe: La ignorancia da la felicidad.

Así que ya saben: si ustedes quieren ser extremadamente felices, profundicen en su ignorancia. Sigan manteniendo sus ojos cerrados, no permitan, ni por un instante, que les entre un poquito de luz, porque la luz quema, y sus ojos, que se hicieron para ver, están más tranquilos tras los párpados, bajo el sueño.

La ignorancia da la felicidad. Y usted tiene derecho a ser feliz: tiene todo el derecho del mundo a ser feliz. En consecuencia, usted no sólo tiene el derecho, sino también la obligación de ser ignorante. Por tanto, el gobierno de su país se encarga de proporcionarle a usted la felicidad, toda la felicidad del mundo.

Desprecie el conocimiento.

El conocimiento no da felicidad.

Sea ignorante.

Sea feliz.

20 octubre 2009

Irremedible

El día que Jesús bajó de nuevo apenas reconoció nada: tan cambiado estaba todo. Pasó varios meses deambulando por las calles de diversas ciudades, por diferentes países. Escuchó. Observó. Conversó e interrogó, hasta que a la tercera semana tuvo su visión, y comprendió que no. Así se lo comunicó a uno de los hombres:

—Esta vez ni siquiera vale la pena hacerme pasar por profeta —le decía a un hombre ebrio que, apoyado en la barra, seguía bebiendo—, porque ya son demasiados los que fingen, muchos de ellos ni siquiera son conscientes de que viven una mentira inconmensurable. He visto que incluso se han organizado en sociedades y en asociaciones para profetizar. Lo de profeta fue un buen truco en aquella época, pero hoy no tiene sentido, por lo que veo, aunque sigue funcionando. Así que, mucho menos morir. No valdría de nada porque...

—Bueno... —murmuró el hombre borracho—, igual hoy ya no te certifican, digo..., te crucifican, igual no te crucifican y sólo te meten veinte años, según lo que hagas, claro, o igual si te vas a Estados Unidos o a Irán o a la China igual allí te ejecutan con una inyección, o te matan a pedradas, o te liquidan con un tiro en la cabeza, pero igual si me invitas a otra copa...

El hombre miró a Jesús y éste concedió. Le hizo una señal al camarero.

—No, eso no serviría de nada. Si acaso, para redimiros, tendríais que destruirme con una bomba atómica tan potente que redujera el mundo a ceniza, a polvo cósmico.

—Eso, mejor no nos remidas, digo..., no nos redimas, que yo quiero seguir bebiendo...

—Redimas... Eso me recuerda a Dimas. Dimas era...

—Sí, ya sé, el buen ladrón. A otro con ese cuento. Por cierto, ¿cómo te llamas?

—Yo, Jesús, encantado.

—Ya, claro, cómo no, Jesús. Yo soy Gestas, igual, un placer.

—¿Gestas?

—Sí, el ladrón hijo de puta, jajaja...

—En realidad dio lo mismo, ¿sabes?

—Sí, igual da lo mismo, que no vamos a ningún sitio, ¿verdad?

—Hombre, ¿qué quieres que te diga yo?

—Quiero que desaparezcas.

Y Jesús pagó la cuenta y despareció. El hombre ebrio apuró su última copa y, contento por no tener que pagar, se marchó. Jesús estaba afuera, bajo la lluvia.

—Entonces no te has ido aún.

—No, quería despedirme.

—Pues igual no te despidas, déjame en paz.

—No puedo. Me han puesto por todos sitios. Mira, allí encima —señaló el portón de madera de una casa— también me han puesto.

—Me da igual. Adiós.

—¿Ves? Hasta ahí me han puesto, hasta en el lenguaje me han metido.

—Bueno, remide a, digo..., redime a quien quieras, igual yo me tengo que ir. Igual nos vemos otro día por aquí y me sigues contando..., si me invitas a algo, claro.

—Te acompaño un poco en tu camino —le dijo Jesús, mientras pasaba su brazo sobre los hombros del hombre.

—¡Te he dicho —gritó, exaltado, embriagado— que me dejes en paz! —Y le empujó con todas sus fuerzas. Jesús cayó y se golpeó la cabeza contra el escalón de la puerta del bar. Después de permanecer inmóvil un minuto, el hombre echó a andar, mirando hacia todos lados, dejando tras de sí un desfile de huellas ensangrentadas.

Cuando llegó a su casa se quitó la ropa y se metió en la cama. No podía dejar de pensar en Jesús y en la hilera de huellas sangrientas que había dejado desde la puerta del bar hasta el portal de su casa, que estaba a escasos quinientos metros. Pero daba igual. Igual lo iban a encontrar, porque la gente del bar lo conocía y lo habían visto con Jesús toda la noche y la policía no tardaría en presentarse en su casa.

Él no negó nada, sino todo lo contrario: se explayó en los detalles. Les contó cómo había coincidido con Jesús por la mañana y cómo había pasado el día con él recorriendo bares. Jesús era un tipo solitario, les dijo, pero generoso. Le había invitado a todo: a las cervezas, a comer, al carajillo, a las copas. A todas las copas.

# # #

No pusieron en duda su condición de borracho, porque sólo había que verlo para saber, al instante, que era un hombre alcohólico hasta el extremo y que necesitaría meses para rehabilitarse, si es que era posible rehabilitarlo. Pedía una cerveza, aunque sea una cervecita, un montón de veces. Necesitaba beber, porque llevaba semanas sin probar más líquidos que agua, zumos y café. Estaba nervioso siempre, con la mirada inquieta y las manos incapaces de permanecer inmóviles. Aunque sea una cervecita, suplicaba cada pocos minutos.

—Igual me pagó quince copas, o más, yo no sé, pero qué faena, porque mañana iba a invitarme a más. Yo qué culpa tengo de que se haya matado, si fue un accidente, y además, para que vean, por cierto, ¿una cervecita no...? Bueno, igual después me traen una, ¿no?

—Ya veremos —le decían siempre—, según cómo te portes.

—Pero si yo, jefe, yo igual me porto bien, ya se lo he dicho todo. Que lo empujé porque me quería..., la verdad es que no sé lo que quería, pero parecía que quería besarme y, mire, jefe, yo eso no, ¿eh?, que igual borracho sí puede que sea, pero marica, no, y porque igual a usted no le ha pasado, pero es que a mí me pasa mucho, que vienen maricones a invitarme a beber y, claro, yo me dejo, pero cuando luego quieren hacer cosas sin ni siquiera preguntar pues no, igual no me da. Y lo empujé y se mató, igual fue mala suerte, aunque él no debería haber muerto, igual no lo entierren todavía, ¿eh?, porque de aquí a tres días éste se levanta, si es Jesús, jefe, si ya lo hizo, cómo no lo va a volver a hacer, aunque se le veía tan decaído que yo ya no sé, jefe, igual no se levanta más y no nos remide, digo, no nos redime. A mí, igual, seguro que no, jefe, porque sé que de aquí ya no salgo, ¿no, jefe?

—Si te portas bien, Gestas —le decía uno de los enfermeros—, puede que salgas en unos meses, pero tienes que tomarte la medicación. ¿Te la tomas?

—Claro, si ya sabía yo que ustedes igual son gente de palabra, claro que me la tomo, venga esa cervecita, jefe...

18 octubre 2009

Dolor de dedos

Por más que insistía, no era capaz de desatar aquella cuerda. Estaba atada al respaldo del banco del parque en el que se sentaba todos los días a la hora del almuerzo. Cuando empezaron a dolerle las uñas, sacó las llaves y lo intentó con ellas, pero también le dolían las yemas de los dedos, y las uñas se le ponían blancas de la presión, pero, para presión, la que experimentó en las uñas de sus dedos índice y corazón de la mano derecha cuando ésta resbaló y golpeó, con una fuerza tremenda, el respaldo de madera del banco.

Fue como sentir dos alfileres enormes atravesándole las uñas a esos dos dedos y las respectivas yemas. Fue un dolor tan intenso que le provocó un mareo vertiginoso. Se le nubló la vista. Sus ojos parecían estar ardiendo. Le gustaría decir que apenas sentía sus dos dedos, pero, taladrados por aquellas púas, los sentía demasiado, y pensó que hay ciertas cosas que no habría que sentir tanto.

En cambio —pensaba mientras, aún con los ojos cerrados, se chupaba las puntas de sus dos dedos, las embadurnaba en saliva y les soplaba—, otras cosas más importantes ni siquiera las sentimos, porque no somos conscientes de la realidad de su existencia, de hasta qué punto existen con tanta o más, claro, muchísima más intensidad que este dolor de dedos incapaces de desatar un mísero nudo.

#x#

17 octubre 2009

Responso en rojo limbo

.......................................in memoriam O. G.
Roja de roja pulpa
y acuosa roja gula,
a quien el rojo orgasmo
ardió la roja vulva
de roja poseída,
mientras el rojo airado
quemaba su pupila
de roja ardiente vida,
al fundir su rojura
de intacta roja furia
y roja enardecida.


...............................Arenas &
.................... ...Ed.Expunctor

Responso en negro abismo

.......................................in memoriam O. G.
Negra de negra arcilla
y abierta negra tiza,
a quien el negro barro
cubrió la negra mano
de negra enfebrecida,
mientras el negro manto
tapaba su ceniza
de negra esencia hendida,
al hervir su negrura
de exacta negra duda
y negra bendecida.


...............................Arenas &
.................... ...Ed.Expunctor

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Esto hicieron dos poetas
que bebían
y fumaban
en el sótano de un bar.

13 octubre 2009

Timidez

Perfectamente
un toro mugiéndome adentro de la faringe,
o un búfalo embistiéndome la tráquea,
incluso una locomotora que descarrila por mi garganta,
o una pequeña bomba repleta de cactus que estalla tras la lengua
con todas sus flores llenas de espinas;
también
termitas carnívoras
u ortigas enredadas,
y hablando de ortigas,
quizá sea una urticaria
tan íntima y tan tímida
que aún no se atreve a salir.


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[[Nota metatímida —que de tan tímida sólo se atreve a aparecer entre corchetes dobles—. Para ti, que llegas desde Google buscando cómo superar tu timidez: sólo tienes que abrir la boca y vomitarlo todo, sin concesiones, sin contemplaciones, sin reparos, sin preámbulos ni preludios, y mientras te sale todo verás que con todo también sales tú.]]

06 octubre 2009

¿Olimpiadas?

¿Os habéis quedado sin juegos olímpicos? ¡Oh, qué pena! ¡Ay, pobrecicos! Nuestros políticos, que pensaban que iban a dar el pelotazo de principio de siglo XXI y..., ¡casi! Ellos, que ya se estaban frotando las manos.

Observen, señores, que he dicho ellos, y efectivamente quiero decir todos, porque aquí, señores, cuando se trata de llenarse los bolsillos de billetes, se ponen de acuerdo al momento y sin ningún tipo de duda ni de preámbulo ni de comisión ni de pactos ni ná de ná.

¿Olimpiadas? Olieron dinero, ellos, todos ellos olieron dinero, un dinero... olímpico. Maletines de pértiga y billetes de relevos. Maratón de cheques. Eso es lo que olieron. ¿Acaso les importa España, el pueblo? Nunca les ha importado, y nunca les va a importar. Les importan sus cuentas corrientes..., que no son tan corrientes.

¿Eh? ¡Cómo mola! Los políticos de España, los que vacilan de ser nuestros representantes, esos que nunca se ponen de acuerdo ni para las pensiones ni para la educación ni para el color del papel del váter de los servicios de las Cortes; esos mismos, ante la perspectiva verde de las Olimpiadas, no dudaron ni un segundo, y dijeron sí, y animaron a su pueblo a apoyar las Olimpiadas en España, con un sí rotundo, un sí bancario, un sí con la manos prestas y los bolsillos abiertos.

El hombre de los seis millones de picores

Picar, pican:
pican, pican,
como pulgas,
como niguas.
Pican más
que la curiosidad;
más pican
que los mosquitos
estos picores,
estas tormentas sobre las pieles
de abrigo que llevo sobre la carne;
qué mejor que la carne desnuda y pura y viva y rebosante,
mejor sólo la carne
—¡la carne sola!—
sin más pieles que las mismísimas uñas,
que no pican,
y ojalá todo de uñas yo fuera,
pues no picaría.

04 octubre 2009

Estampa(dos)

tic tac toc
dice el reloj
talán talán
replica la campana
miaaaaau missss?
pregunta el gato
ra-ta-ta-ta-ta-ta
dispara el hombre
boooom buuum
el hombre insiste
aquí tiene el dinero
dice el banquero
chas chas chas
y apuñala con el cheque
muchas gracias caballero
agoniza el deudor
tic tac toc
sigue el reloj
taaaaalán taaaaalán
dobla la campana a traición
miaaaau miauuuu miss
advierte el gato
vuestros pecados serán perdonados
profetizan desde el púlpito
vuestro perdón es mero simulacro
responde alegre la vida
catacloc
sentencia la muerte
fin
concluye el autor

La culpa y la libertad

Hay una oración de la religión católica, el llamado “acto de contrición”, que dice: “yo confieso ante Dios todopoderoso [...] que he pecado mucho de pensamiento, palabra, obra y omisión. Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa [...]”.

Éste es uno de los infinitos ejemplos que ponen de manifiesto cómo de lo que se trata con la religión es de instaurar sistemática y perennemente el sentimiento de culpa en la conciencia de los hombres. Pero no sólo eso. Pecar “de pensamiento” se sitúa peligrosamente muy cerca de los llamados crímenes de pensamiento propios de los sistemas totalitarios, y no es casualidad que hace unos días se mentase aquí el sistema totalitario Iglesia católica.

Extendiendo al pensamiento el ‘pecado’ —recuérdese que, cuando la Iglesia controlaba y dominaba el poder civil, los pecados eran directamente crímenes, y como tal se juzgaba y ejecutaba, se asesinaba, a los pecadores, como ocurre actualmente con algunas teocracias musulmanas—, la conciencia del hombre que cree tales falacias permanece continuamente atormentada porque su naturaleza humana choca frontalmente con las reglas antinaturales que debe evitar para no caer en ‘pecado’. Nuestra naturaleza se dirige constantemente hacia ‘lo pecaminoso’, porque lo que la religión ha dado en llamar ‘pecaminoso’ es sencillamente un comportamiento natural en el ser humano: desde la mentira hasta la búsqueda de placer, todo acto codificado por la religión como pecado es un acto natural.

Al prohibirle comportamientos naturales, el individuo vive en una constante lucha consigo mismo. Las prescripciones religiosas calan tan hondo en la conciencia del hombre que éste está sometido a una tensión que sólo se resuelve de dos formas posibles: a) Asunción completa de tales prescripciones, que desde entonces se tendrán como reglas naturales e indiscutibles, con la consiguiente pérdida de su personalidad y de su identidad, pero en este caso la resolución de la tensión no es completa, pues la conciencia del sujeto sigue atormentada y confundida; b) Ateísmo, con la consiguiente liberación y recuperación progresiva de la personalidad y de la identidad propias del individuo.

El ateismo, pues, libera al hombre de las invenciones antinaturales, esquizofrénicas y delirantes de las religiones. Estas invenciones metafísicas, sin embargo, no sólo habitan en el mundo prerracional-mágico-religioso-ilógico, sino que se han instalado en el mundo civil, ¡en el mundo racional!, que las acepta y las fomenta, precisamente por el poder omnímodo que la religión ha ejercido durante tantos cientos de años sobre las sociedades, y porque al poder, a fin de cuentas, no le viene nada mal tener unos súbditos sumisos e ilusos.

El religioso, el creyente, es un hombre culpable —¡culpable hasta por nacer!—, mientras que el ateo es un hombre libre —libre hasta morir...—.

01 octubre 2009

Ojos que no vieron, pero ojos que ven

Ese desasosiego del cuerpo,
esa laxitud de los músculos
que corroe caníbal tus tendones y te desarma
y te deja con los brazos caídos
y la mandíbula batiente
-rabia viva, pura furia-.

Y todo ello, cortesía del conocimiento.

El conocimiento provoca en el organismo unos temblores, unas transformaciones... Cuando conocemos algo el mundo cambia, pero ese algo que modifica nuestra visión del mundo y nuestra sensación de estar en el mundo es un algo que es importante para nosotros. Conforme vamos conociendo, vamos cambiando. Ya no hay ojos que no vean ni cuerpo que no sienta, porque los ojos ven, y la visión produce una modificación del cuerpo y de su actitud en el mundo.

Ver es desilusionarse, es agonizarse, es endurecerse. Ya vemos y somos reales agonistas ailusos y curtidos. Como sabemos a qué atenernos pero desconocemos a qué se atienen los otros, sospechamos, y a través de las sospechas descubrimos las ranuras, los intersticios por los que resplandece, pura, dura, despiadada, virginal y corrompida, bella y sublime, dulce y terrorífica, la realidad.